La esfera y la cruz (Ed. J. Moreno-Ruiz) by G. K. Chesterton

La esfera y la cruz (Ed. J. Moreno-Ruiz) by G. K. Chesterton

autor:G. K. Chesterton [Chesterton, G. K.]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Aventuras, Humor
editor: ePubLibre
publicado: 1909-01-01T00:00:00+00:00


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Un escándalo en la villa

EN LA pequeña villa de Haroc, en la isla de St. Loup, vivía un hombre que, acaso por hallarse bajo bandera británica, no tenía nada de la tradición francesa. Nada se sabía de él, pero es que eso era precisamente lo que deseaba. Ya se ha dicho que no tenía nada de francés, pero es que ir en contra de la tradición francesa resulta a menudo cosa extraordinariamente francesa. Los ingleses comunes hubieran dicho que estaba pasado de moda, o fuera de su tiempo. Los ingleses imperialistas le hubieran tomado, sin más, por la personificación de la caricatura de John Bull[34]. Era un hombre fornido, pero sin ninguna distinción; lucía largas patillas, acaso un poco más largas que las del propio John Bull. Se llamaba Pierre Durand y negociaba en vinos; en lo político, era un republicano conservador; aunque nacido católico había derivado hacia al agnosticismo, si bien los últimos años habían contemplado su regreso al seno de la Iglesia. Era un genio (si puede utilizarse el término para designar a una persona como él), un genio, sí, en tanto que decía las cosas más convencionales de manera que pareciesen novedosas… Al menos al referirse a lo que en Inglaterra consideramos convencional… Pero poco tenía que ver con él lo convencional, realmente, pues era hombre de convicciones firmes. Lo convencional implica a menudo afectación, aunque se pretenda lo contrario, y podía ser cualquier cosa menos afectado. Era un ciudadano común, que tenía puntos de vista comunes, por lo que se podía hablar con él de cualquier cosa, tranquilamente. Si se le preguntaba por las mujeres, por ejemplo, decía que sólo había que exigirles que perseverasen en lo doméstico y en el decoro necesario. Utilizaba palabras simples y comprensibles para expresarse, pero se reservaba los argumentos más elaborados, o trataba de hacerlos explícitos, sin más, a través de aquellas palabras simples y comprensibles. Si se le preguntaba por los asuntos de la gobernación, se limitaba a decir que todos los ciudadanos eran libres e iguales, sin ir más allá. Si se le preguntaba por la educación, sólo expresaba que los más jóvenes deben ser educados en el respeto a sus mayores y en aras del desarrollo de la industria, acaso porque él mismo era industrioso y también uno de esos mayores para los que exigía respeto. Era la suya, en suma, una mentalidad que casaba perfectamente con el instinto inglés, aunque en Inglaterra, un hombre que expresa cosas así de simples y directas, sea considerado en general, en nuestros tiempos, un imbécil de evidente servilismo social. Pero Durand no era tonto, ni mucho menos; hombre leído, conocía a fondo a los autores del XVIII y podía debatir sobre ellos con absoluto conocimiento de causa y gran hondura. Ni mucho menos era cobarde; acostumbrado a la vida sedentaria, podía sin embargo derribar a puñetazos a un hombre que le faltara, produciéndose entonces como una máquina generadora de una violencia irreprimible. Supongo que será difícil encuadrar a un hombre



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